Hacer un libro infantil es el mayor desafío para un escritor. Es bautizarse de nuevo. Vestirse de fiesta y esperar por los invitados. Sospechar que pueden gustarles nuestros juegos y tratar todo el tiempo de mirarlos a los ojos para leer su reacción. Este cuento en particular lo he tomado prestado a la vida, se puede leer de un tirón o patas para arriba, o usando las voces en simultáneo. Un domingo cualquiera, mi hijo Mauro me sorprendió con un sabio entretenimiento, brotado según él de la desesperación de estar encerrado con dos niños muy activos en un día de lluvia y sin T.V.
El juego lo habían llamado «de las medias perdidas». Vi con asombro las caritas de mis nietos, vi sus manos hurgando las medias, y cada tanto miraban a su abuela para buscar la aprobación. Por supuesto que la casa se llenó de risas, y yo regresé en un corto espacio de tiempo a mi infancia. También descubrí que las cosas diferentes (¿por qué no las personas diferentes?) empatan desde el alma de un niño que despliega razones naturales que nunca se nos ocurrirían a los adultos. Movida por el entusiasmo, lapicera en mano, logré que otro adulto genial compartiera desde el dibujo a los personajes: el autor de Puro Pelo, Juan Chavetta, dio un sí rotundo. Finalmente, Basilio, el editor, se sumó a la aventura. ¡Tanta gente para algo tan cortito!, dirán ustedes. Es que se necesita mucho trabajo para poder llegar al corazón.
Por eso creo que vale la pena seguir atentamente la vida del cuento que se sumará a otros que ya están rondando por las librerías y prometo que voy a mirar a la distancia o muy cerca, cuando los tenga a ustedes a mano, para ver si logramos juntos tener esa edad mágica donde todo es posible.